Odio sentirme enferma, es lo que más odio de esto.
Sentir que no supe manejar una situación, que quise tener el control de todo lo que me rodeaba, querer cuidar de todos los que me necesitaban, saber que hice cosas que me han llevado hasta aquí. Que ni supe ni pude hacerlo de otra forma. Que alguien me empujase a este pozo, que yo al principio rehuía, luego, cuando lo ví y tomé conciencia de él y de mi situación quise arreglarlo pero fallé y ahora es lo que me aterra más que a otra cosa.
No sé como de profundo puede llegar a ser este pozo, o cuánto me queda para salir de él. Por ahora solo soy capaz de arañar las frías y húmedas paredes con deseperación, gritar pidiendo ayuda y maldecir a quienes me pusieron aquí. Y llorar, llorar mi desgracia y mi desventura. Gritarle a la tierra que me rodea, sucia y fría, que yo no merecía esto, que nunca lo busqué, que no fui yo la que saltó dentro de él por voluntad propia, que me confundí de camino, jugué con el borde del pozo sin saber lo que era y alguien me empujó y me abandonó en él.
Aqui abajo me siento horriblemente mal. Quiero salir pero no puedo, estoy descalza y no puedo trepar por la húmeda pared que me obliga a apenas moverme, casi no tengo fuerza, me siento perdida y desorientada. Busco en mi mente los días en los que era libre pero este pozo me susurra que ahora estoy mejor, más guapa, más delgada... Hace que me avergüence del cuerpo que tuve y del que tengo y me recuerda una y otra vez lo bien que podría estar si pusiese más de mi parte. Hace que rechace lo que me dicen los que están arriba intentando ayudarme, me dice que es el camino erróneo, el que me llevará a odiarme más, a engordar, a olvidar mi objetivo, el objetivo de ser perfecta.
Yo quiero salir, intento ignorarlo y luchar cada día un poco más pero me agobio. Cada nuevo ataque me asusta, me debilita y confunde más que el anterior. Intento huir, esconderme de su furia y su rabia cuando le desobedezco, cuando hago lo que me piden los de arriba. El pozo me tortura y me maltrata cuando no hago lo que me dice. Me humilla como castigo, me muestra en lo que me convertiré si no sigo sus consejos al pie de la letra, por eso algunas veces cedo y le doy algo de lo que él me pide, para calmarlo. Lo hago pensando que lo hago por y para mí, como recompensa por haber luchado tanto pero en realidad lo hago por y para él.
El pozo me manipula y me controla, me engaña, me aturde y me desorienta para que no escape y me quede con él. Otros que estan en una situación como la mía intentan ayudarme pero lo que ellos me lanzan como agua limpia y calentita llega mi como barro frío y fangoso. A veces logro rescatar sus buenas intenciones del maltrecho regalo. Se lo agradezco en silencio, quieta y callada para que el pozo no se enfade conmigo y con ellos y me quite mi pequeño presente. Y miro hacia arriba, ansiosa y asustada, deseando salir para volver a sentir el calor del sol, la caricia del viento y una sonrisa en mis labio.
Sentir que no supe manejar una situación, que quise tener el control de todo lo que me rodeaba, querer cuidar de todos los que me necesitaban, saber que hice cosas que me han llevado hasta aquí. Que ni supe ni pude hacerlo de otra forma. Que alguien me empujase a este pozo, que yo al principio rehuía, luego, cuando lo ví y tomé conciencia de él y de mi situación quise arreglarlo pero fallé y ahora es lo que me aterra más que a otra cosa.
No sé como de profundo puede llegar a ser este pozo, o cuánto me queda para salir de él. Por ahora solo soy capaz de arañar las frías y húmedas paredes con deseperación, gritar pidiendo ayuda y maldecir a quienes me pusieron aquí. Y llorar, llorar mi desgracia y mi desventura. Gritarle a la tierra que me rodea, sucia y fría, que yo no merecía esto, que nunca lo busqué, que no fui yo la que saltó dentro de él por voluntad propia, que me confundí de camino, jugué con el borde del pozo sin saber lo que era y alguien me empujó y me abandonó en él.
Aqui abajo me siento horriblemente mal. Quiero salir pero no puedo, estoy descalza y no puedo trepar por la húmeda pared que me obliga a apenas moverme, casi no tengo fuerza, me siento perdida y desorientada. Busco en mi mente los días en los que era libre pero este pozo me susurra que ahora estoy mejor, más guapa, más delgada... Hace que me avergüence del cuerpo que tuve y del que tengo y me recuerda una y otra vez lo bien que podría estar si pusiese más de mi parte. Hace que rechace lo que me dicen los que están arriba intentando ayudarme, me dice que es el camino erróneo, el que me llevará a odiarme más, a engordar, a olvidar mi objetivo, el objetivo de ser perfecta.
Yo quiero salir, intento ignorarlo y luchar cada día un poco más pero me agobio. Cada nuevo ataque me asusta, me debilita y confunde más que el anterior. Intento huir, esconderme de su furia y su rabia cuando le desobedezco, cuando hago lo que me piden los de arriba. El pozo me tortura y me maltrata cuando no hago lo que me dice. Me humilla como castigo, me muestra en lo que me convertiré si no sigo sus consejos al pie de la letra, por eso algunas veces cedo y le doy algo de lo que él me pide, para calmarlo. Lo hago pensando que lo hago por y para mí, como recompensa por haber luchado tanto pero en realidad lo hago por y para él.
El pozo me manipula y me controla, me engaña, me aturde y me desorienta para que no escape y me quede con él. Otros que estan en una situación como la mía intentan ayudarme pero lo que ellos me lanzan como agua limpia y calentita llega mi como barro frío y fangoso. A veces logro rescatar sus buenas intenciones del maltrecho regalo. Se lo agradezco en silencio, quieta y callada para que el pozo no se enfade conmigo y con ellos y me quite mi pequeño presente. Y miro hacia arriba, ansiosa y asustada, deseando salir para volver a sentir el calor del sol, la caricia del viento y una sonrisa en mis labio.