miércoles, 26 de diciembre de 2018

XLI. Navidad.

Las cosas están un poco raras estos últimos días. Me moría de ganas de volver a casa, de despedirme de las rayadas, de volver a mi espacio, de estar con los míos, pero no esta siendo como esperaba. Mi hipótesis principal es que, como no soy constante con la medicación mis estados de ánimo van a lo suyo. De pronto me encuentro rara, me encuentro mal. De pronto quiero salir, estar con alguien, dar un paseo, no estar en casa. O quiero comer, comer mucho, y me preocupo y me da ansiedad. Estoy rara, las cosas están raras. Cuando llegué a casa estaba genial, ahora ya no se ni como estoy. Necesito distraermez invertir mi tiempo en actividades agradables, pero tengo  trabajos muy tochos que hacer, y mucho que estudiar.
Me encuentro mal. Ya no sé qué hacer. Quiero estar bien, o como mínimo estar estable, sin este va y ven de emociones tan discordantes. No entiendo lo que me pasa, no sé si será por la medicación o qué, pero no me gusta. Quiero pedir ayuda, pero todos están ocupados, y yo no quiero molestar. ¿Qué me pasa? No lo entiendo.
Estoy decepcionada. Creía que las cosas iban a estar bien, pero parece que no. Mi bienestar son momentos tan efímeros que no pueden compensar el resto de momentos desagradables. Igual me lo estoy tomando todo muy a la tremenda, pero yo qué sé.
Que distinta hubiese sido esta entrada si la hubiese escrito hace cuatro días. Me había hecho ilusiones, lo había planeado todo, pero no han salido las cosas como yo había previsto. Esperaba encontrarme bien, y me estoy encontrando mal. Por lo pronto voy a ver si saliendo de casa y tomando la medicación todos los días mejora algo la cosa, si no, bueno, el día 8 tengo con la psicóloga.

viernes, 30 de noviembre de 2018

XL. Fantasías.

Ha llegado un punto en el que ya no uso mis fantasías para huir de un lugar desagradable para estar en uno más agradable, las uso para evitar un lugar agradable y estar en un lugar horrible. Era un entretenimiento inocente al principio, ahora es algo más, ha tomado el control y ya no es algo que pueda evitar hacer libremente. Paso allí más tiempo del que debería, casi todo el día, y lo ansío fervientemente. Sin embargo no es algo que disfrute, más bien es algo que me sumerje en emociones profundamente desagradables. Dolor, tristeza, soledad, desasosiego... Ese otro mundo que creé en mi imaginación ha degenerado de una manera atroz. Ya no es lo que era, ni sirve para lo mismo que servía. Sin embargo me resisto ha dejarlo atrás. Podría estar bien, pero voy allí, y elijo estar mal. Lo eligo yo. Yo lo he construido, podría deshacerlo en cuando quisiera, pero no lo hago, porque no quiero. No se puede decir que disfrute estar mal, entonces, ¿por qué eligo estarlo? Eso es lo peor, yo lo eligo, entre salud y enfermedad, eligo enfermedad, entre alegría y tristeza, eligo tristeza, entre luz y oscuridad, eligo oscuridad. Este monstruo que he creado se ha vuelto contra mí, y me está devorando. Y sin embargo no huyo, lo busco. Cuando él está dormido, y yo lo despierto. Cuando no estoy allí lo extraño, y cuando ya estoy allí de nuevo, me hace sufrir. Se ha vuelto mucho más potente. Ya no puedo controlarlo. Quisiera conservar las fantasías, los pensamientos, pero me los creo tanto que ejercen un efecto muy dañino en mí. Me provocan las emocionen que recreo en mi imaginación. Y sé que no es real, nunca lo será, pero, ¿sabéis lo que sí es real? El estado emocional en el que me sumen. Puedo experimentar todas las emociones que ella siente, aunque su situación en mí, no sea real, aunque sea yo quien la ha creado.
Si le contase a alguien lo que he hecho, lo que hago, sabrían que soy una lunática. Porque no tiene otro nombre. ¿Quién, en su sano juicio, haría lo que yo estoy haciendo? Vivo en otra realidad, una peor que la original, y la prefiero. Prefiero ese lugar que yo controlo, que yo diseño tal y como se me antoja, pero que en lugar de ser un lugar mejor, es un lugar en el que todas mis excentricicidades se ven elevadas a su máximo exponente.
No logro entender el porqué, y creo que nunca podré arrojar luz sobre este asunto, porque, como ya he dicho, no me atrevo a compartirlo con nadie. Y no porque no lo haya intentado, que lo he hecho, sino porque es demasiado complejo como para ser entendido por cualquiera.
Podría ser diferente, a veces lo es, pero siempre tengo que volver a las andadas, ha convertir ese lugar de paz, en un lugar de sufrimiento. Lo profano una y otra vez. Pareciese que me encanta hacerlo, y en parte es así, de no ser porque esas emociones me consumen. Si no estuvieran, si no aparecieran, sería algo que realmente disfrutaría. Pero ¿por qué? ¿Cómo es posible? ¿Quién elegiría ver el lado más negativo de todo, pudiendo ver el positivo? Qué pregunta más tonta, la respuesta es yo. ¿Cómo de desquiciado hay que estar para hacer lo que yo hago? Vivir de las sombras, del sufrimiento, de lo peor. Podría estar en un lugar cálido, luminoso, lleno de paz, un lugar idílico, pero estoy en un lugar frío, oscuro, lleno de sufrimiento, un lugar atroz.

lunes, 29 de octubre de 2018

XXXIX. Miedo a lo desconocido

Algo pasa. Algo me pasa. No lo entiendo. No me entiendo. Me siento rara, muy incomoda. Creo que es por lo de Almeria. Se está haciendo muy real, y me está removiendo. Antes no tenía miedo, algo ta supongo que estoy algo asustada. Antes tenía muchas ganas, ahora estoy un poco aturullada. No sé como gestionar esto, porque no encuentro los pensamientos. Solo tengo un extraño cúmulo de emociones desagradables.
Tal vez sea por el cambio, los cambios nunca se me han dado bien, me agobian, salir de mi zona de confort es un palo muy gordo para mí. Será miedo a lo desconocido. Sí, puede ser. Estaba muy entusiasmada con esta nueva experiencia, no puedo dejar que el miedo lo eche todo a perder. Si otros han podido, seguro que yo también puedo, ese es todo mi consuelo.
Hace un rato lo sabía qué hacer, no sabía si twittear algo, si hablarle a Alba, o si ponerme a dar mil vueltas en la cama. Escribir me va bien. Al menos he conseguido sacar algo en claro. Identificar el motivo por el que me siento así. Me siento mejor sabiendo lo que me pasa, no saberlo era un estrés añadido.
Me gustaría poder prescindir de esta emoción que me resulta tan desagradable, está empañado un momento que debería ser alegre. Lo bueno llegará, o eso espero al menos. No lo esperaba de Educación Social y ha sido terriblemente sorprendente. Pero mejor será no anticiparse. Lo que tenga que ocurrir irá ocurriendo, y yo me enfréntaré a ello conforme vaya ocurriendo, ni antes ni después.

miércoles, 10 de octubre de 2018

XXXVIII. Día Mundial de la Salud Mental

Hoy se celebra en todo el mundo el día de la salud mental, un día dedicado a la visibilización, sensibilización, desestigmatización, concienciación, prevención de las enfermedades mentales.
La primera vez que yo fui al psicólogo solo era una niña, y mi madre me llevó preocupada por un problema de conducta, el cual consistía en que yo me pasaba todo el día balanceandome hacia delante y había atrás cuando estaba sentada, y que para dormir me colocaba boca abajo y daba cabezazos contra la almohada. Iba a ver a la psicóloga de la seguridad social cada tres meses, y como el problema no se solucionó.
La ansiedad social ha estado presente en mi vida desde bien pequeña. Todos decían que yo era muy tímida, pero para mí, llamar la atención o hablar con alguien a quien no conocía me causaba auténtico terror. No sube que lo que todos, yo incluida, llamabamos timidez era en realidad problema de salud mental hasta muchos años más tarde.
La siguiente vez que los problemas de salud mental llegaron a mi casa no era yo quien los padecía, sino mi padre, a quien habían despedido del trabajo durante la crisis, y estuvo yendo al psicologo un tiempo por depresión y ansiedad.
La siguiente vez que fui yo la aquejada de estos problemas aún iba al colegio, y fue por ansiedad. Estábamos en una situación económica precaria y yo empecé a darme cuenta de ello. Además mis compañeros me hacían en vacío en clase. La ansiedad me probocaba una sensación de ahogo en la garganta muy desagradable. Cuando mi madre me llevó al pediatra este me mandó pruebas para el tiroides, las cuales dieron negativo, obviamente. Me mandaron homeopatía para calmar mi ansiedad.
Poco después, fue madre quien puso de nuevo sobre la mesa los trasnornos mentales, cuando tras pasar meses deprimida e intentar suicidarse, pasó quince días ingresada en una planta de psiquiatría, fue entonces cuando le diagnosticaron depresión recurrente.
Tras el divorcio de mis padres la psicóloga de la seguridad social nos pasó un test a mis hermanos y a mí, cuyos resultados desconozco, pero imagino que no serían preocupantes.
Una vez en mi nueva residencia, la casa de mis abuelos, cuando ya estaba en el instituto, empecé a estar muy alicaída, sin ganas de salir con mis amigos, pasaba todo el día en la cama delante de la televisión. Como era de esperar, caí en una depresión. Con el tiempo, empecé a perder la ilusión por todo, hasta el punto en que lo único que hacía era ir a clase a disgusto y dormir. El TCA, que vió la luz por primera vez en verano de 2012, no fue un problema preocupante hasta principios de 2013. Para cuando mi madre me llevó a ADANER, asociación especializada en el tratamiento de los TCA en mayo de 2013, mi vida ya era un completo desastre. Pasaba más tiempo dormida que despierta, me negaba en redondo a asistir a clase, estaba irritable y malhumorada o triste y apática, todo el día. Empecé a tomar antidepresivos y ansiolíticos en cuanto llegué a ADANER, que fueron combinados con terapia psicológica semanal. No tardé mucho en ir a terapia nutricional también.
Durante aquel horrible verano de 2012 había desarrollado una extraña afición a arrancarme el vello con pinzas de depilar, pero no perdí el control de mi tricotilomanía hasta 2014, cuando me arranqué por completo las cejas y me hice una enorme calva en la cabeza. Aunque mi psiquiatrae recetó medicación para controlar la tricotilomanía, no hubo manera de controlarla, y animada por mi madre, me corté el pelo para emparejar toda mi cabeza con las zonas calvas.
Durante los dos años siguientes estuve asistiendo regularmente a ver a mi nutricionista, mi psicóloga y mi psiquiatra, y además me uní a un grupo de autoayuda en el que pude conocer a muchas personas con TCA que me ayudaron mucho a salir adelante.
Poco a poco, mis síntomas de TCA fueron remitiendo, no ocurriendo lo mismo con la tricotilomanía, la cual siguió haciéndome sufrir varios meses más.
En verano de 2015, por fin, mi psicóloga decidió que estaba lo suficientemente bien como para pasar de ir a terapia cada semana a hacerlo cada quince días. Las cosas parecían ir a mejor. Aún así seguía teniendo dificultades para gestionar mis emociones y mis pensamientos, de manera que no dieran lugar a síntomas tanto de depresión, de TCA o de tricotilomanía. En octubre de 2017 pasé a mensual, y pasé de ir cada quince días a terapia para hacerlo una vez por semana.
Las cosas iban mejorando y cada vez que tenía que enfrentarme a un nuevo reto conseguía salir airosa de ellos. En la actualidad, sigo acudiendo a terapia con mi psicóloga, mi nutricionista y mi psiquiatra.
A lo largo de mi vida con enfermedades mentales, me he sentido constantemente juzgada. Desde el momento en que fui diagnosticada de depresión y TCA cayó sobre mí el miedo, la culpa y la vergüenza. La ignorancia y el desconocimiento de la sociedad hacen que padecer un problema de salud sea aún peor de lo que ya es de por sí. A día de hoy, ya no siento culpa, pero sí miedo y vergüenza, cuando le cuento a alguien que tengo problemas de salud mental siento como si me estuviese tirando a una piscina a ciegas, sin saber si está está llena o vacía. Me da cosa postear una foto en mi Instagram sobre salud mental por lo que puedan pensar los demás de mí, a pesar de que me encantaría hacerlo. Me siento vulnerable cuando comparto que he tenido TCA o tricotilomanía, porque son enfermedades que suelen ser muy desconocidas. La ignorancia de los demás me pesa, me hace sentir diferente. Durante años he estado cuestionandome a mí misma por tomar medicación, haciéndome sentir que valía menos que el resto por no ser capaz de tener un estado de ánimo estable sin la ayuda de pastillas, pero ahora ya no me cuestiono, ni me martirizo. Si la medicación me ayuda a estar mejor pues bendita sea.
Sé que llegará el día en que pueda decir que ya no tengo enfermedad mentales, pero la posibilidad de tener una recaida siempre va a estar ahí. Aprender a convivir con esa posibilidad se me hizo muy duro al principio, pero ahora sé que las recaídas a veces forman parte de la vida, y que no invalidan la recuperación.

lunes, 17 de septiembre de 2018

XXXVII. Práctica 0

Ya ha empezado el nuevo curso, y la verdad, estoy más alegre de lo que esperaba. A principios de verano estaba muy animada con la perspectiva de hacer Psicología fuera de Murcia, y muy frustrada con Educación Social, pero ahora tengo la sensación de que me he acomodado. Me gustan mis compañeros, y eso hace que el ambiente durante las clases sea bastante agradable. Pero si quitas eso, la verdad es que estudiar Evaluación de Programas de intervención y Diagnóstico no me hace ninguna gracia. Solo hay una asignatura que me guste de primeras este cuatrimestre: Construcción de la Ciudadanía Plural. El profesor tiene muy buena pinta, y su método de enseñanza también, pero el cuatrimestre no va a salvarlo una sola asignatura.
Ayer recibí un SMS de la universidad de Almería, avisándome de que han salido las nuevas adjudicaciones y para mi sorpresa estoy cerca de entrar en Psicología. Al principio me he sentido bastante indecisa, sin saber qué hacer, pero ahora veo más claro que prefiero hacer Psicología. No estoy ansiosa en absoluto, si me cogen en Psicología la haré, si no, pues Educación Social.
Me ha sorprendido que ya el tercer día me haya ocurrido algo bueno. Fui elegida portavoz de mi grupo en un rol-playing muy divertido, lo pasé genial.
Cada vez estoy más convencida de que quiero irme a Almería a hacer Psicología, y verás tú como me cojan, va a ser un reto impresionante, pero superar retos aumenta mi autoestima, y eso siempre viene bien. Por lo menos el esfuerzo realizado será en la dirección que pretendo seguir, y tal vez me resulte mucho más interesante que Educación Social. Espero no estar haciéndome demasiadas ilusiones, porque si al final no entro me voy a llevar una decepción importante. No me gustaría estar construyendome castillos en el aire. La verdad estoy bastante esperanzada, ojalá pueda cumplir mi objetivo de ser psicóloga antes de lo que inicialmente había previsto.
Últimamente estoy siendo bastante proactiva, intento solucionar problemas y acercarme cada vez más al modelo ideal de mí misma, y tener una vida cada ver más ordenada y sana. Por ejemplo, estoy cocinando la comida en casa, y entre mi madre y yo hemos ideado un menú la mar de sano y variado. Así además aprendo a cocinar nuevos platos.
Las cosas están yendo bien, y eso me gusta.

domingo, 26 de agosto de 2018

XXXVI. Burgos.

Hoy es mi último día en Burgos, y he de admitir que este viaje no ha sido como me lo esperaba. Tampoco es que tuviese unas expectativas desmesuradas, simplemente esperaba pasar un buen rato con una amiga, y no es que lo haya pasado mal, es que me he sentido lejos de ella. Hubo unos días, al principio del viaje, en que hablábamos y nos contábamos cosas, pero ahora pasamos el rato en silencio, cada una con su móvil. No vine a Burgos a estar con el móvil, no invertí parte de mis ahorros en venir a verla para pasar el rato pendiente de redes sociales, porque eso ya puedo hacerlo en casa. Vine para estar con mi amiga, reírnos, pasear, charlar... Es el silencio lo que más me perturba y molesta, porque me hace sentir lejos de ella, como si no tuviésemos nada de que hablar, ningún tema de conversación interesante. Entiendo que necesite algo de espacio, y creo que lo estoy respetando, pero lo que no esperaba es que pasásemos tanto tiempo calladas, cada una a lo suyo. Eso no es lo que quiero, quiero estar con ella, contarnos nuestras cosas y compartir buenos momentos que luego podamos recordar.
Me pica que se lleve mejor con nuestros otros amigos que conmigo, que hable con ellos más que conmigo y que piense en ellos más que en mí. Y no son imaginaciones mías, sé que es así no solo porque lo haya visto, sino porque ella me lo ha dicho. Ellos son más parecidos a ella que yo, les gusta el mismo humor, tienen opiniones parecidas... Yo choco más con ella, pero aún así la quiero y aprecio mucho, y me gustaría sentirme más cerca de ella. La eché mucho de menos cuando se marchó, y ahora que se vuelve a marchar no quiero estar un año entero sin hablar con ella. Me gustaría que alguna vez se acordase de mí y diese ella el primer paso, que abriese la conversación, pero no tiene pinta de que eso vaya a suceder.
A veces me canso de ir siempre detrás de todo el mundo y que casi nadie o casi nunca nadie vaya detrás de mí. Soy buena, soy valiosa, pero eso no es algo que los demás me demuestren, más bien es algo que yo veo. Y no es narcisismo ni vanidad, es la pura verdad. Soy una persona muy valiosa, pero me gustaría que de vez en cuando alguien me lo demostrase, ya sabes, para que no se me olvide. Y es que cuando estoy mal soy propensa a olvidarlo y creer que soy alguien reemplazarme y prescindible, y no es nada agradable sentirse así.
-¿De que te ríes?
-Estoy hablando con Javi...
Vale, perdona por querer hacerme participe de tu risa. Soy capaz de aguantar vuestro machismo con tal de sentirme integrada, os lo he demostrado en varias ocasiones. Si él estuviera conmigo recurrirá a él, pero como lo está, hablando con la nada me quedo. Porque claro, es taaan gracioso hacer burla del feminismo que tantas vidas ha salvado y seguir participando del machismo que tantas otras ha robado... Y esta taaan bien dejar desplazada a Dulce aunque intente integrarse solo porque que cree las absurdas mentiras del feminismo.
Estoy empezando a arrepentirme de hacer venido, en casa me aburro y me siento mal, pero la mayoría de las veces esto ocurre sin motivo. Es preferible estar mal sin motivo a estarlo con motivo.
Qué divertido debe ser ese juego del móvil, tanto que prefieres estar pendiente de él en vez de estar conmigo, que esforzarte como yo lo hago por sacar un tema de conversación. No eres una persona fácil amiga, no lo eres, y yo te tolero mucho, como a los demás. Todo porque no podría soportar perderte. Como no soportaría perder a nadie.

sábado, 4 de agosto de 2018

XXXV. Un buen día.

Ayer fue un un buen día, menos mal, lo necesitaba. Fuimos al cine, T y yo, y estuvimos en el centro comercial dando un paseo, charlando, era justo lo que necesitaba. Una buena conversación. Alguien que me entienda, que no me juzgue, que me escuche. Fue fantástico. Ojalá repetirlo pronto. Pero claro, con mi inseguridad y mi miedo a molestar igual no me atrevo a proponerselo. En ningún momento me sentí mal, ni insegura, ni que fuese un estorbo, estaba super cómoda. Hablamos de muchísimas cosas, con una conversación super fluida, tranquila, y amena. Ojalá repetirlo pronto. Era exactamente lo que necesitaba. Días así son el antídoto perfecto para la enfermedad. Los necesito más a menudo, no sólo porque me ayuden a mantener a raya los pensamientos destructivos, sino también porque lo disfruto muchísimo. Es una maravilla estar tranquila, no sentirte mal, alejar el malestar de ti, llevarlo hasta un recóndito lugar del que no pueda salir. Es una maravilla... Ella se parece mucho a mí, y eso me proporciona esperanza. No estoy sola, y eso me gusta. La soledad es una de esas sensaciones que te destruyen, la sensación de estar acompañada te hace más fuerte. Cuando él me abandonó me quedé sola, débil y frágil. Desamparada. Pero ahora me encuentro mejor, me siento bien. Me gusta sentirme bien. Creía que prefería estar mal, pero no, eso es lo que la enfermedad me hace creer, pero en absoluto, prefiero sentirme bien. Es más agradable, no hay comparación. Ahora quiero mantenerme así, positiva y contenta. Alegre. Me gusta, espero que dure.

domingo, 29 de julio de 2018

XXXIV. Ellos.

Es raro, ya sabes, que no me encuentre como acostumbro a encontrarme cuando estoy mal. Esta noche, estoy resignada. Resignada a no ser lo suficientemente buena para los que más me importan. Esta noche, ellos están ya dormidos, y yo estoy sola. Lo he intentando, he intentado pedir ayuda, pero a estas horas, o tienes alguien en quien confiar ciegamente, o no tienes a nadie. A estas horas, cualquiera no vale. Necesitas a alguien íntimo, muy íntimo, alguien que no sienta que le estas molestando, alguien que se preocupe al instante. Esa es la clase de persona que yo soy. Alguien que da el 200% si quiere a alguien, pero a la que no le devuelven ni la mitad. Esta noche no estoy llorando, aun que he de admitir que estoy un poco triste. Si aún les tuviese, ¿recurrirá a ellos? Teniendo en cuenta mi inmensa inseguridad seguramente no lo haría. Me dejaría llevar por el miedo, el miedo a molestar. Esta noche no siento dolor, aunque tal vez me gustaría. ¿Cómo de perturbado debe estar alguien para querer sentir dolor? Ese dolor emocional que crece de manera exponencial sin que nadie pueda detenerlo. El dolor más doloroso del mundo. El del miedo, la soledad, la apatía, el vacío... Ese dolor. ¿Quién querría volver a experimentarlo?
La enfermedad. Esa enfermedad que tanto me ha hecho sufrir. ¿La deseo de nuevo? Creo que no, más bien deseo lo que tenía mientras estaba enferma. Delgadez. Comprensión. Apoyo. Dolor. Vacío. Soledad. Apatía. La balanza se inclina hacia el lado negativo, pero les echo tanto de menos que tan vez valiese la pena. Es por ellos. Les quiero a ellos. Volved a mí, y todo se arreglará.

miércoles, 25 de julio de 2018

XXXIII. Desamparada.

Desde que él se marchó me siento desamparada. Me está ocurriendo como cuando se fue ella, que estoy teniendo comportamientos de riesgo en un patético intento de encontrar alguien que le sustituya. Ya no tengo nadie en quien confiar ciegamente, y eso me atormenta. ¿A quién puedo recurrir cuando necesito apoyo, si no me fio de nadie? Nadie, ya no puedo contar con nadie. Unos por tal motivo, otros por tal otro, al final yo poniendo mi integridad mental en peligro porque necesito manera imperiosa sentirme querida, acompañada y apoyada.
Me pregunto por qué tuvieron que marcharse, si yo les quería tanto. Habría hecho cualquier cosa por ellos, pero obviamente yo solo era una más para ellos, nadie importante, nadie a quien mereciese la pena conservar.
Ansío con todas mis fuerzas recuperar esa sensación de compañía y confianza que me brindaban. Ahora han sido sustituidas por el desamparo, la soledad y la desconfianza. ¿Hasta donde sería capaz de llegar con tal de recuperar esa sensación de estar a salvo solo porque sabes que alguien está contigo? Estar en esta fría noche solitaria y horripilante que es mi mente me perturba.
Es miedo. Miedo de la soledad. Miedo de no tener un pilar sobre el que apoyarme. Miedo de derruirme. En cualquier momento podría venirme abajo, y no sólo no tendría a nadie que me sostuviera, sino que a nadie le importaría. Nadie está ahí, preocupandose por mí, por mi bienestar. A nadie le importa si estoy llorando a solas, a nadie le importa si estoy sufriendo. A nadie le importa si mi enfermedad me atormenta de nuevo, o si mis miedos y traumas me impiden avanzar. Nadie va a estar ahí para mí si le llamo en mitad de la noche presa de mis miedos irracionales, ni cuando tenga problemas con la comida, o con el pelo. Nadie.
Eso es lo que peor llevo, no tener con quien estar, con quien contar.
No debiste haberme abandonado. Ni tú, ni ella, ni ellos. Ninguno de vosotros visteis hacerlo. No tuvisteis en cuenta la extremada fragilidad de mi aparente fortaleza. Ahora estoy de nuevo en ruinas después de cinco años, me siento como entonces, total y absolutamente desesperada. Me asusta pensar por dónde van a salir todas estas emociomes sin gestionar esta vez. Este dolor emocional que aumenta de manera exponencial sin que yo pueda ponerle freno. Esta vez no va a haber nadie ahí para ayudarme a no caer. Ni para recogerme cuando me caiga. Nadie va a ayudarme a terminar con esta espiral al de miedo y sufrimiento en la que me he sumido. Y nadie va a poner siquiera empatizar conmigo, porque nadie va a enterarse siquiera. Será un secreto. Igual que hace cinco años lo fue. Oculta tu malestar detrás de una sonrisa cuando estés con otras personas y llora en silencio cuando estés sola. Porque ellos ni lo entenderían ni sabrían como ayudarte. Es mejor que no lo sepan. Y si aquellos que sí podrían entenderlo van a dedicarse a dejarte sola cuando les quieras y les necesites tal vez lo mejor sea estar sola.
Tú tira de los antidepresivos mientras los tengas. Ellos no te abandonarán.

lunes, 28 de mayo de 2018

él.

Tal vez hoy sea uno de esos funestos días que recuerdas siempre. Leña en una chimenea de traumas, que hacen que el miedo y la inseguridad nunca te abandonen.
Ojalá poder estar con él. Tenía tantas ganas de verle, creí que podría ayúdale a encauzarse. No sé qué es peor, si la incertidumbre, o el miedo.
Mis pensamientos van demasiado rápido, no puedo detenerlos. Tal vez nunca más vuelva a escuchar su voz. Por suerte conservo un audio que me envió estando borracho, en el que me decía estuviese tranquila, que no era por mí.
Cuando vas con gente rota, puede que te acabes cortando, y yo ya estoy llena de cortes. Sin embargo merecieron la pena.
Quiero pensar que está tan destruido que prefiere huir a hablar. ¿Quién puede culparle? Yo desde luego no.
Mis demonios me susurran que no, que es culpa mía, que soy una imbecil, una pesada, y que se aleja de mí por eso. Me dicen que siempre estaré sola, porque no soy digna del afecto de nadie.
Voy a echarle tanto de menos. Se había convertido en alguien muy importante para mí. Como lo fue ella en su momento.
Le quiero tanto, no creo que pueda hacerse una idea de cuanto. Por lo menos me queda el consuelo de que siempre voy a estar en su piel. Aquel tatuaje, siempre estaré ligada a él.
Voy a llorar mucho. Lo sé. Tanto como con ella, o tal vez más, por ser ya la segunda vez que ésto me ocurre. Me quedo con todas las capturas de pantalla que hice de nuestras conversaciones. Así siempre podré leerlas y saber que un día no estuve sola.
Aún así tengo tanto miedo de que algo malo le pase. Aunque ya le está pasando, me refiero a algo peor. La incertidumbre. Tendré que vivir con ella a partir de ahora. Pero ya sé cómo gestionarla, Viqui me enseñó.
Voy a echarte tanto de menos. Mis lágrimas parecen más calientes de lo normal rodando suevemente por mi cara. Sí, voy a echarte mucho de menos. Aunque no lo estés, siempre estarás conmigo. Solo espero que no te enquistes, igual que se me enquistó ella. Voy a quedarme con todo lo bueno que me has dado. Martirizarme no hará que vuelvas, por lo tanto no merece la pena. No voy a guardarte rencor. Entiendo tus motivos, aunque no me los hayas dado. Si alguna vez quieres volver a mí, yo te estaré esperando. Siempre con los brazos abiertos. Siempre te llevaré en un lugar muy especial. Te quiero mucho.

domingo, 8 de abril de 2018

XXXII. Aprensión.

He descubierto que no es pereza lo que siento cuando pienso en ir a clase, o en hacer las prácticas, es aprensión. Y a pesar de que aparentemente pereza y aprensión no se parecen en nada yo he estado pesando que estaba eludiendo mis responsabilidades académicas por pereza. Pero la pereza no te hace sufrir, y yo estoy sufriendo.
Recuerdo la cantidad de prácticas atrasadas que tengo y me angustio, siento miedo. Miedo de no poder hacerlas, de suspender. Me siento incapaz de enfrentarme a las emociones que experimento cuando intento adelantar trabajo. Es muy, muy doloroso. Siento apatía, ansiedad, agobio, nervios... aprensión. Estoy sufriendo por algo que no debería hacerme sufrir. Algo tan simple y banal como asistir a clase, hacer trabajos y estudiar. Algo a lo que debería estar acostumbrada, porque llevo haciéndolo toda mi vida. Sin embargo ahora tiemblo cada vez que recuerdo la enorme cantidad de trabajo que tengo atrasado.
La pereza es fácil de superar, solo algo fuerza de voluntad es necesaria para hacer lo que sea que te esté dando pereza hacer. Poner el lavavajillas me da pereza, pero lo hago, y no es difícil hacerlo, simplemente te levantas del sofá y en cinco minutos lo tienes hecho.
No se parece lo que siento cuando pienso en poner el lavavajillas a lo que siento cuando pienso en empezar con las prácticas que llevo atrasadas.
Me siento incapaz de pasar por el mal trago que supone para mí realizar mis responsabilidades académicas, y eso me hace sentir inútil, y débil. Todos en mi clase parecen cómodos con la idea de trabajar en las prácticas, es algo que hay que hacer y se hace, pero cuando yo me siento como si lo que me están pidiendo que haga fuese saltar de un extremo al otro de una zanja de diez metros de distancia. Una tarea imposible. Es casi titánico el esfuerzo que tengo que hacer cada día cuando tengo que empezar a prepararme para ir a clase.
En apariencia, o eso es lo que yo esperaba, la universidad debe ser una experiencia enriquecedora, en la que aprendes cosas nuevas, haces nuevos amigos, superas nuevos retos, aunque tengas que estudiar y eso no sea lo más agradable del mundo para nadie. Yo esperaba una experiencia positiva, y me he encontrado con una tortura, una nueva forma de morir en vida.
No ser capaz de disfrutar de algo tan normal como la universidad hace que sienta que soy una fracasada, no soy lo suficientemente buena para vivir, en el sentido de que la vida es dura, y yo soy demasiado débil para vivirla.
No tengo ni la menor idea de cómo voy a superar este curso. La responsabilidad de aprobar es aún mayor ahora que me han dado una sustanciosa beca, y eso me está destrozando, el no ser capaz de hacer lo que tengo que hacer.
Me gustaría ser más normal, o por lo menos, tener problemas más normales. Solo a mí me podría pasar el tener aprensión hacia la universidad estando ya en ella.
Dificultades más de a pie, más de andar por casa, no tener que lidiar con lo que supone no ser capaz de hacer algo tan simple como hacer deberes e ir a clase y prestar atención. No hago más que esconderme y huir, porque no puedo soportar lo mal que me siento cuando intento avanzar en alguna práctica. Es insoportable.
Estoy muy triste, muy decepcionada conmigo misma, muy desilusionada y desesperanzada. Es un querer y no poder, la historia de mi vida repitiéndose una y otra vez. Me veo ahora, después de cinco años de terapia, y siento que no ha aprendido nada. Que sigo teniendo los mismos miedos, las mismas dificultades. Hace años, a Dani, el primer psicólogo con el que estuve por lo del TCA, le dije que me sentía como una cucaracha en un vaso de cubata, intentando salir subiendo por las paredes de cristal sin parar, y resbalando hasta el fondo una y otra vez. Hoy me siento de la misma manera. En realidad no soy tan diferente de aquella niña rota y enferma, que luchaba sin obtener recompensa, por volver a la vida.

viernes, 6 de abril de 2018

XXXI. Un cumpleaños, una pérdida y un concierto.

El mes pasado ocurrieron tantas cosas que no tuve tiempo ni de pararme a reflexionar sobre ellas.
En primer lugar, el día 20 fue mi veinte cumpleaños. Fue bastante desastroso la verdad. Estuve algo mal durante varios días ya que muy pocas personas se acordaron de él y me felicitaron, cuando yo procuro estar pendiente y felicitar a mis amigos en mis cumpleaños. De algunas personas, la mayoría, podría esperar que no se acordaran, de otras no tanto. Creo que estuve encontrándome físicamente enferma durante varios días debido al disgusto que me llevé.
Después tuvo lugar el fallecimiento de mi abuela, el día 26. Todos lo esperábamos, no fue una sorpresa, sin embargo no pude evitar llorar un poco. Y poco después otra decepción, en quien yo confíe me falló, aunque tal vez la culpa fue mía, por haber confiado tanto en él sabiendo que no está bien. Aún así creo que merezco una disculpa.
Pocos días después, ya con mi abuela enterrada y mis pesados familiares en sus respectivos pueblos me fui a Madrid a ver a Harry Styles en concierto. La verdad es que no pude disfrutar del viaje en su plenitud debido a los recientes acontecimientos, pero el concierto fue fantástico. Le había echado mucho de menos, y habría deseado estar aún más cerca de él, porque desde la grada no se le veía bien la cara, debido a la distancia. Aún así lo pasé en grande, canté, bailé, salté, y grité todo lo que pude. Le estoy muy agradecida a mi madre por llevarme y comprarme la entrada. La verdad es que está mujer nunca deja de darme motivos para sentirme agradecida.

jueves, 8 de marzo de 2018

XXX. 8M

Hoy, mi madre, que nunca antes ha hecho huelga, ni acudido a una manifestación, para por la lucha feminista, y para en repulsa de la violencia de género, la brecha salarial, los roles de género etc.
Y yo paro también, porque estoy harta de tener miedo de reconocerme abiertamente feminista. Estoy harta de que alguien tenga que acompañarme a casa si es de noche, o de estar preocupada por mi seguridad si decido que no quiero ser acompañada por nadie. Estoy harta de depilarme, y de esconder que no me depilo, por temor a ser juzgada y criticada. Estoy harta de que alguien se crea con derecho a tocarme sin mi consentimiento.
Muchas personas, ignorantes y confundidas, creen que el feminismo es lo contrario al machismo, y que las feministas queremos ser o nos creemos superiores a los hombres, cuando la realidad es bien distinta.
El feminismo tiene mala fama entre los hombres, y entre algunas mujeres, cosa que no entiendo.
El feminismo me ha enseñado que a pesar de ser poco normativa soy igual de válida que cualquier otra persona, y que quien no lo vea así es porque es él o ella tiene un problema, no yo. El feminismo me ha hecho abrir los ojos y darme cuenta de que los roles de género me oprimen y me obligan a ser vista de una manera que no soy. Yo soy muy fuerte, y muy valiente. He superado tres enfermedades mentales, el divorcio traumático de mis padres, y muchas cosas más.
Hoy, con mi hermana y con mi madre, quiero ir a la manifestación y reivindicar que las mujeres estamos en una situación de desventaja frente a los hombres, y que eso no se puede tolerar.

jueves, 1 de marzo de 2018

XXIX. Segundo cuatrimestre

Este cuatrimestre está siendo mortal. No me gustan las asignaturas, ni los profesores, ni las prácticas, ni los trabajos, y estar con mis compañeros no compensa todo lo malo. Estoy total y absolutamente apática, sin ganas de hacer nada, salvo estar sola, meterme en la cama y desaparecer. Llevo mil prácticas atrasadas de diferentes asignaturas, y nada apunta a que vaya a darme un venazo y hacerlas todas. No me importa nada en este momento, salvo no estar, no ser. Las cosas en casa están difíciles,y eso empeora la situación. Me pongo nerviosa, ansiosa, triste, preocupada... De veras quiero luz, quiero encontrarme bien, tener motivación, hacer las cosas por algo, encontrar algo que me mueva, que haga mi vida más grande, en vez de más pequeña.
Estoy toda encorvada en clase, algunos compañeros han llegado así que no puedo estar sola y a oscuras como me gustaría, tengo que aparentar normalidad. No tengo ganas de sonreír, ni de mentir diciendo que estoy bien, quiero que todos suden de mi y que no me pregunten si estoy bien o si me pasa algo. 
Quiero irme a casa y desaparecer un rato, el suficiente como para no enterarme de nada de lo que pasa en el mundo. También quiero comer, comer cosas ricas tirada en la cama. No estoy siendo nada, no estoy siendo nadie. Ni siquiera estoy sabiendo cómo expresarme.
Quiero estar tumbada, ya no me importa si no es en mi cama, dónde sea me va bien, pero claro, las personas normales no van tumbandose en el sitio que más a mano tengan, hay que aparentar.
Más personas han llegado, más ruido, más incomoda me siento. Quiero estar sola, callaos todos, no veis que me estais molestando.
Quiero irme, irme a casa, irme a mi cama. Estar en la cama es mi pasatiempo favorito. Cuando estoy en ella no necesito nada más.
Depresión. ¿Será eso? ¿Estaré entrando en depresión? Sinceramente me da igual. Lo que no me da igual es tener que estar funcionando con la depre encima. Nada hace que te puedas escaquear de vivir. Ni siquiera una depresión.  Tienes que estar bien para poder hacer tu vida con tranquilidad. Si no todo te cuesta el doble. Yo se lo que es vivir así, y no es fácil. Vivir así no es fácil, y a veces vivir a secar tampoco es fácil.

sábado, 24 de febrero de 2018

XXVIII. El peso.

El miércoles pasado le dije a mi psicóloga que como propósito para el 2018 quería saber mi peso. O mejor dicho, quería ser capaz de conocer mi peso, que es muy diferente. Conocer tu peso es fácil, solo tienes que ir a la farmacia y pesarte, cuesta veinte céntimos en la que yo solía ir, pero ser capaz de gestionar todo lo que supone conocer tu peso habiendo padecido trastornos alimenticios es otra cosa. Y eso es lo que yo quería hacer, reconciliarme con mi peso, con mi cuerpo, con mi ser físico, como ya hice con mi ser mental, con quien soy por dentro, en mi interior.
Ella me preguntó que por qué quería conocer mi peso, si eso daba igual, que lo importante era en qué zona estaba, si en bajo peso, en normopeso o en sobrepeso. Yo le respondí que yo ya conocía mi zona, pero el número me despertaba curiosidad. Al fin y al cabo la ultima vez que me pesé estaba en 53kg más o menos, y estoy segura de que mi peso ha cambiado desde entonces, hará unos cuatro o tres años. Entonces ella quiso saber si era para mí tan importante pesar una cantidad u otra, a lo que yo respondí que cuanto menos pesara mejor sería, lo cual evidenció que aún creo que estar delgada es mejor que ser como soy ahora, una chica en normopeso con curvas, que preferiría estar más delgada.
Pero ¿y quién no preferiría estar más delgado? Eso es un sentimiento común en casi toda la sociedad occidental.
Esa charla con mi psicóloga puso de manifiesto una incoherencia en mi discurso, que me exijo a mí misma algo que no exijo a los demás. Me pido a mi misma estar más delgada, pero a los demás no les pido tener el cuerpo que yo quiero tener. Mis deberes para este mes son reflexionar acerca de esa incongruencia.
Podría echar la culpa a la sociedad en la que vivo por mantener esos pensamientos, al fin y al cabo, la mayoría de las personas a las que conozco querrían ser más delgados. Sin embargo ellos no han tenido un TCA, y yo sí. A día de hoy, muchas personas vinculan la delgadez a al éxito, ven perder peso como algo positivo, y yo tengo que alejarme de ese pensamiento masivo para afirmar que tal y como soy estoy estupenda, y que no deseo cambiar en absoluto, porque me gusta ser quien soy. Si bien es cierto, adoro la parte buena de mi personalidad, la que es dulce, amable, agradable, cariñosa, atenta... Pero no me gusta la parte ansiosa, la que tiende a estar deprimida, la obsesiva, insegura, miedosa... ¿También deberían gustarme esos defectos? La verdad es que no entiendo mi cuerpo como un defecto, en ocasiones me gusta mucho y lo encuentro sexy, pero enseñarlo me da vergüenza. Si pienso en ir a la playa, con bikini, me pongo nerviosa, pero cuando me miro al espejo cuando me cambio de ropa, sola en mi cuarto, opino que tener mi cuerpo no es ninguna desgracia. Solo habría ciertas cosas que perfeccionar.
Me encuentro pensando si saldría con alguien que tuviese un cuerpo similar al mío, y me digo que sí, porque si salgo con alguien, lo que más me tiene que gustar es lo que lleva por dentro, no su aspecto físico. Nunca he rechazado a nadie por estar gordo, sino por ser antipático o desagradable. De hecho, he rechazado a personas delgadas y me he alejado de ellas por su antipatía, a pesar de que su cuerpo me gusta. ¿Querría yo estar cerca de alguien que valora más el físico de otra persona en lugar de su personalidad? La respuesta es: no.
Necesito reconciliarme con mi cuerpo, darme cuenta cuanto antes de que ser más delgada no me hará mejor persona. Sin embargo, potenciar mis virtudes y trabajar mis defectos, sí me hará mejor persona. El cuerpo tiene que pasar de estar en la lista de defectos a estar en la lista de virtudes, y ser algo a potenciar. Al fin y al cabo, muchas personas envidiaran mi cuerpo. Está sano, me permite ir a donde quiera, comer lo que quiera, ver y escucharlo todo... ¿No es acaso un buen lugar en el que vivir? Es mi hogar, el que siempre me va a acompañar. Intento cuidarlo no bebiendo alcohol ni fumando, tomando verdura, fruta y pescado, lavándolo a diario... Cierto es que no soy fan del ejercicio, pero nadie puede ser perfecto. El mío es un cuerpo bueno, en el que debería gustarme estar, en el que muchas veces me gusta estar. Un santuario, eso debe ser mi cuerpo para mí, un lugar de paz, no de guerra.

miércoles, 7 de febrero de 2018

XXVII. Antidepresivos.

Hace unos días les conté a unos compañeros de clase que tomo antidepresivos, y la reacción de una de ellos fue decirme que tenia que dejarlos lo antes posible. Le dije que sí, que me gustaría dejarlos cuanto antes, pero que de momento los necesitaba. Sin embargo, ese comentario me hizo recordar un documental que había visto sobre las enfermedades mentales, en el que una chica comentaba que tomar psicofármacos esta muy mal visto por las personas que nunca los han tomado. Ese recuerdo me hizo sonreír, y uno de mis compañeros me preguntó que por qué me sonreía sola, y le respondí que, que si hubiese dicho que me dolía la cabeza, todos habrían estado dispuestos a ofrecerme un paracetamol, pero que cuando tienes problemas de salud mental y necesitas tomar medicamentos todos lo ven mal, a pesar de que el periódico El País rebela que un 18% de los españoles ha consumido ansiolíticos sin consultarlo con un especialista alguna vez en su vida.
¿Por qué esta mal tomar medicación para una enfermedad mental pero no lo está si tienes una dolencia física? ¿Acaso el malestar mental no es un impedimento para la vida pero el malestar físico sí lo es? 
Cuando me dijeron que tenía que tomar antidepresivos por primera vez me sorprendí, pero no me pareció mal, no me negué a tomarlos en ningún momento. Sin embargo el tiempo fue pasando, y a mí no hacían mas que subirme la medicación en lugar de bajármela. Cambiar el tratamiento mil veces sin que nada diera resultado, sin que yo mejorara. Entonces fue cuando empecé a mosquearme, y sobre todo a compararme con los demás, con aquellas personas que podían estar bien sin la ayuda de ninguna sustancia médica.
Ahora que lo pienso, las veces que he hablado sobre medicación con personas con problemas similares a los míos también han manifestado que querían dejar de medicarse lo antes posible. ¿Por qué rechazar algo que nos ayuda? ¿Qué nos llevó a pensar que tomar medicación es peor que no tomarla? A una persona enferma de un resfriado nunca nadie le pediría que mejorase rápido para dejar de tomar sus medicamentos correspondientes. ¿Por qué por el contrario una persona con problemas de salud mental querría mejorar lo antes posible para dejar de tomar su medicación?
La respuesta: el estigma. Según Wikipedia el estigma, visto desde un punto de vista sociológico es una condición, atributo, rasgo o comportamiento, que hace que su portador sea incluido en una categoría social hacia cuyos miembros se genera una respuesta negativa y se les ve como culturalmente inaceptables o inferiores.
El estigma que gira en torno a las enfermedades y todo lo que tenga que ver con ellas es mal visto por la sociedad, por ese motivo mi compañera me dijo que debía dejarlas lo antes posible. Por eso yo pensaba que debía dejarlas lo antes posible,
Aun así como propósito de año nuevo me propuse tomarme la medicación todos los días, y respetar las pautas de mi psiquiatra, por mi bien, porque enfadarme con la medicación no va a hacer que deje antes de tomarla. 

domingo, 28 de enero de 2018

XXVI. 1DeCada5

Viendo el programa Salvados, el episodio sobre la depresión, no podía dejar de pensar en mi madre, aunque a veces pensaba también pensaba en mí. He pensado en que, si las cosas hubiesen sido diferentes, yo podría haber visto ese programa, y haberme sentido identificada con Carmen, quien perdió a su madre por depresión. Sin embargo, afortunada de mí, veo este programa con mi madre escaleras abajo, con problemas, sí, pero con la posibilidad de solucionarlos.
En lugar de sentirme identificada con Carmen, lo he hecho con Noelia, Iván y Georgina. Me he sentido identificada con ellos porque yo también he tenido depresión.
"Es el estado más cercano a la muerte", ha dicho Noelia. "No había nadie dentro de mí", ha dicho Iván. Yo también me he sentido así, muerta en vida, y totalmente vacía. Carmen hizo referencia a un pozo, tal y como yo lo describí en este mismo blog tiempo atrás.
La depresión es una enfermedad con la que yo tuve contacto por primera vez mucho antes de que yo siquiera la hubiese escuchado mencionar, cuando mi abuelo la tuvo. Tiempo después, cuando conocía el término, pero no su correcto significado, mi madre se intentó quitar la vida, debido a la depresión que sufría. Y cuando ya la conocía, por mi madre, no supe reconocerla cuando la experimenté en mis propias carnes.
Yo siempre he descrito mi depresión como estar en el fondo de un abismo, el abismo más grande que te hayas podido imaginar. Recuerdo desconectar de mis emociones, después de mucha angustia, de mucha agonía. Recuerdo cómo mi depresión dió lugar al Trastorno de la Conducta Alimentaria que aún hoy padezco. Recuerdo como vivía fuera de mí, cómo ya nada tenía sentido, cómo ya nada importaba. Recuerdo no tener conciencia alguna de lo que me estaba ocurriendo, y por ello, carecer de medios con los que gestionar mi situación. Recuerdo llorar de pena, también llorar de desesperanza y desesperación, pero sobre todo llorar de miedo, de puro terror. Y mentir, recuerdo haber mentido mucho. Cada "¿cómo estás?" era respondido con una mentira, "bien". Y era todo pura inercia, por mi mente no pasaba la posibilidad de decir la verdad, esa opción ni existía. La primera vez que reconocí que TAL VEZ no estuviese bien fue a el que sería mi psiquiatra, en nuestro primer encuentro, en abril de 2013.
Antes de aquello nunca reconocí ante nadie que no estaba bien, que lo estaba pasando mal, que necesitaba ayuda. ¿Qué será lo que nos lleva a ocultar nuestro dolor? En mi caso, creo que fue porque no quería preocupar a nadie, ni llamar la atención. Pero ignorar el problema sólo hizo que se hiciera más y más grande, como un globo que se va hinchando, y cuyo único final es explorar. Y explotó, vaya que si explotó.
Recuerdo el fluir de mis pensamientos, del dolor al hambre, a un sueño inalcanzable... Y cómo esos pensamientos, daban lugar a horrendas y aterradoras sensaciones, de apatía y desarraigo, de pena y desesperación, de terror y ansiedad. También recuerdo cómo esas sensaciones tuvieron su consecuencia en forma de enfermizas conductas de restricción alimentaria y autolesión.
Es algo tan jodido pero la vez tan adictivo que hasta llegué a echarlo de menos. Después de haber conocido el bienestar, he preferido volver a ese abismo, pero claro, no era yo, era ese otro ser que empezó a habitar en mí cuando fui expulsaba de mí misma, ese parásito que se alimentó de mi profunda tristeza y mi devastador miedo para convertirse en algo tan potente que era capaz de hacerme llorar queriendo regresar a ese espantoso lugar del que tanto me había costado empezar a salir.
Tan complejas son las enfermedades mentales. Tan espeluznante es el modo en que una te arrastra hasta otra, y otra. Tan aterrador es su caminar silencioso, que te sigue allá donde vayas sin que puedas siquiera notar que te están siguiendo. Y tan terrorífico es ver como están ya sobre tí, como una pesada maleta que te acompaña a cada viaje, de la que tanto te cuenta luego deshacerte.

miércoles, 24 de enero de 2018

XXV. Propósitos de año nuevo.

Para este año pensaba no proponerme absolutamente nada. La mayoría de las personas se proponen cosas como dejar de fumar, ir más al gimnasio o perder peso, pero si mi único propósito va a ser perder peso dejando de comer, creo que no mejor es no proponerme nada.
Sin embargo me he dado cuenta de que hay otras cosas que me gustaría conseguir, como tomarme la medicación todos los días, superar mi miedo a que me dejen de querer, dejar de creer que soy prescindible... Y algo más, se me pasó por la cabeza que tal vez podría estar bien despedirme de las personas que me atan al pasado. Decir adiós a aquellos que ya no están en mi vida, porque nuestro momento ya pasó, y martirizarse por ello no va a hacer que vuelvan a mi vida.
Sin embargo, después de sopesar la opción, creo que hay personas a las que no quiero dejar atrás nunca, aunque duelan, porque fueron demasiado importantes para mí como para hacerlo. Hay personas que no quiero que se queden en mi pasado, sino que quiero que también formen parte de mi presente y si es posible, de mi futuro.
Les echo mucho de menos. Quizás ellos sean el motivo por el que me agarro a a enfermedad, para no dejar de tener algo en común con ellos, para no tener que decir adiós también al espacio que un día compartimos, que fue testigo de tantas risas, llantos, confesiones, miedos, consejos... Creo que haría cualquier cosa para tenerlos de nuevo a mi lado. Serie capaz de pagar cuando me pidiesen para recuperarlos.
No, definitivamente de ellos no me quiero despedir. Quiero que siempre formen parte de mí, porque les quiero, y son demasiado importantes como para dejar de intentarlo. De momento, no voy a dejar de intentar que vuelvan a mí. Aunque duelan, les querré.

lunes, 22 de enero de 2018

XXIV. Dudas.

Comienzo el año nuevo llena de dudas y sin saber por donde tirar, sin tener claros mis objetivos, mis metas... No sé quiero estar sana o si quiero perder peso. Obviamente quiero ambas cosas, pero no veo como conseguirlas de manera simultánea. No sé si pesarme o no. Quiero saber cuanto peso para marcarme una meta, para controlar lo que pierdo, pero sé que una de mis pautas, mi única pauta, es que no debo pesarme. No me quiero volver a enfermar pero sí que quiero ser delgada. Otra decisión que debo tomar es con qué terapeuta me quedo, ya que ambas me aportan cosas diferentes.
Quiero salir pero no tengo con quien hacerlo ya que todos parecen estar ocupados. Tampoco insisto mucho para no ser pesada, pero si de mí dependiera estaría todo el día preguntando a todos si les apetece salir por ahí a dar una vuelta conmigo.
La cabeza me da mil vueltas. La decisión más importante que debo tomar es si sigo empeñada en perder peso o si abandono en mi lucha contra mi misma y empiezo a aceptarme y quererme tal y como soy. Estoy francamente decepcionada conmigo misma por lo que estoy haciendo. No quiero que nadie lo sepa porque temo decepcionarles a ellos también, sobretodo a mi madre. Me preocupa acabar mal, perder el control, que esto me afecte a un nivel que ya no sea capaz de controlar. No quiero pedir ayuda porque sé que si lo hago no podré perder el peso que quiero perder.
Soy una contradicción en mí misma. Quiero estar sana pero también quiero perder peso a base de no comer, porque es el único método con el que he obtenido resultados. Sé que esto que estoy haciendo no está bien, y tengo una ligera idea de a dónde me puede llevar, pero no quiero parar hasta lograr mi objetivo, un objetivo poco realista y nada definido al que no sé si seré capaz de llegar.
Este año no tengo ninguna meta ni objetivo que me haya marcado cumplir, salvo el de perder peso. Después de casi cinco años yendo a terapia empezar un año y que tu único objetivo sea perder peso no creo que sea una buena señal. De momento no tengo mareos ni estoy pasando hambre. No se me cae el pelo ni estoy cansada, de hecho tengo muchas ganas de hacer cosas. Quiero ver a gente, quiero salir, pasear, charlar, reírme, pasarlo bien... Tengo ganas de arreglarme, de verme guapa, de sentirme bien conmigo misma. Quiero sentir que no estoy desperdiciando mi vida tirada el día entero en la cama con el móvil, en la misma cuenta de Twitter que creé estando en la enfermedad y en única en la que me siento libre. Sin embargo todo eso que no quiero hacer es exactamente lo que estoy haciendo, consumirme lentamente metida en la cama, mirando redes sociales como si nada más importase.
Tengo ganas de abrir mis círculos, de conocer gente nueva, de estar en nuevos ambientes y vivir nuevas experiencias. Lo he estado intentando, he estado enviando mensajes, preguntando a gente si le apetece salir por ahí conmigo, pero lo único que he recibido han sido negativas. Todos tenían ya cosas que hacer, menos una, que estaba demasiado cansada como para salir por ahí conmigo. Lo que yo daría porque me invitasen a salir por ahí, por tener planes, por sentirme plena.
Últimamente me siento plana, como si nada interesante estuviese pasando en mi vida. Como si los días fuesen todos iguales, porque así están siendo, todos iguales. Estudiar por la mañana (o hacer como que estudio por la mañana) y estar en la cama por la tarde. Cada día igual, todos los días lo mismo.
En ciento modo no es una sensación desagradable, pero el hecho de que no sea agradable hace que se vuelva más desagradable. ¿Eso tiene sentido? No me encuentro mal, exactamente, creo que mi muy dilatado umbral de malestar hace que simplemente me encuentre algo desanimada.
A veces creo que simplemente me he aburrido de la vida, ya no está la euforia que sentía al verles cada quince días, ya no hay euforia en absoluto, ni una apatía total, y eso me aburre.