El miércoles pasado le dije a mi psicóloga que como propósito para el 2018 quería saber mi peso. O mejor dicho, quería ser capaz de conocer mi peso, que es muy diferente. Conocer tu peso es fácil, solo tienes que ir a la farmacia y pesarte, cuesta veinte céntimos en la que yo solía ir, pero ser capaz de gestionar todo lo que supone conocer tu peso habiendo padecido trastornos alimenticios es otra cosa. Y eso es lo que yo quería hacer, reconciliarme con mi peso, con mi cuerpo, con mi ser físico, como ya hice con mi ser mental, con quien soy por dentro, en mi interior.
Ella me preguntó que por qué quería conocer mi peso, si eso daba igual, que lo importante era en qué zona estaba, si en bajo peso, en normopeso o en sobrepeso. Yo le respondí que yo ya conocía mi zona, pero el número me despertaba curiosidad. Al fin y al cabo la ultima vez que me pesé estaba en 53kg más o menos, y estoy segura de que mi peso ha cambiado desde entonces, hará unos cuatro o tres años. Entonces ella quiso saber si era para mí tan importante pesar una cantidad u otra, a lo que yo respondí que cuanto menos pesara mejor sería, lo cual evidenció que aún creo que estar delgada es mejor que ser como soy ahora, una chica en normopeso con curvas, que preferiría estar más delgada.
Pero ¿y quién no preferiría estar más delgado? Eso es un sentimiento común en casi toda la sociedad occidental.
Esa charla con mi psicóloga puso de manifiesto una incoherencia en mi discurso, que me exijo a mí misma algo que no exijo a los demás. Me pido a mi misma estar más delgada, pero a los demás no les pido tener el cuerpo que yo quiero tener. Mis deberes para este mes son reflexionar acerca de esa incongruencia.
Podría echar la culpa a la sociedad en la que vivo por mantener esos pensamientos, al fin y al cabo, la mayoría de las personas a las que conozco querrían ser más delgados. Sin embargo ellos no han tenido un TCA, y yo sí. A día de hoy, muchas personas vinculan la delgadez a al éxito, ven perder peso como algo positivo, y yo tengo que alejarme de ese pensamiento masivo para afirmar que tal y como soy estoy estupenda, y que no deseo cambiar en absoluto, porque me gusta ser quien soy. Si bien es cierto, adoro la parte buena de mi personalidad, la que es dulce, amable, agradable, cariñosa, atenta... Pero no me gusta la parte ansiosa, la que tiende a estar deprimida, la obsesiva, insegura, miedosa... ¿También deberían gustarme esos defectos? La verdad es que no entiendo mi cuerpo como un defecto, en ocasiones me gusta mucho y lo encuentro sexy, pero enseñarlo me da vergüenza. Si pienso en ir a la playa, con bikini, me pongo nerviosa, pero cuando me miro al espejo cuando me cambio de ropa, sola en mi cuarto, opino que tener mi cuerpo no es ninguna desgracia. Solo habría ciertas cosas que perfeccionar.
Me encuentro pensando si saldría con alguien que tuviese un cuerpo similar al mío, y me digo que sí, porque si salgo con alguien, lo que más me tiene que gustar es lo que lleva por dentro, no su aspecto físico. Nunca he rechazado a nadie por estar gordo, sino por ser antipático o desagradable. De hecho, he rechazado a personas delgadas y me he alejado de ellas por su antipatía, a pesar de que su cuerpo me gusta. ¿Querría yo estar cerca de alguien que valora más el físico de otra persona en lugar de su personalidad? La respuesta es: no.
Necesito reconciliarme con mi cuerpo, darme cuenta cuanto antes de que ser más delgada no me hará mejor persona. Sin embargo, potenciar mis virtudes y trabajar mis defectos, sí me hará mejor persona. El cuerpo tiene que pasar de estar en la lista de defectos a estar en la lista de virtudes, y ser algo a potenciar. Al fin y al cabo, muchas personas envidiaran mi cuerpo. Está sano, me permite ir a donde quiera, comer lo que quiera, ver y escucharlo todo... ¿No es acaso un buen lugar en el que vivir? Es mi hogar, el que siempre me va a acompañar. Intento cuidarlo no bebiendo alcohol ni fumando, tomando verdura, fruta y pescado, lavándolo a diario... Cierto es que no soy fan del ejercicio, pero nadie puede ser perfecto. El mío es un cuerpo bueno, en el que debería gustarme estar, en el que muchas veces me gusta estar. Un santuario, eso debe ser mi cuerpo para mí, un lugar de paz, no de guerra.