lunes, 24 de junio de 2019

XLVII. Un lujo.

Un lujo. Así describió mi padre hoy el tratamiento que he estado recibiendo desde abril del 2013 hasta la actualidad por los problemas de salud mental que padezco.
Esta mañana teníamos un juicio, en el que demandábamos a mi padre para aumentase la manutención que paga por mis hermanos y por mí. Para tal reclamación adjuntamos los recibos de numerosos gastos que tenemos mis hermanos y yo durante el mes, uno de ellos, mi tratamiento en una asociación que especializada en tratar trastornos de la conducta alimentaria.
Cusndo mi madre salió de la sala en la que se celebraba el juicio se acercó a mi hermana y a mí, que estábamos esperando fuera, y lo primero que me dijo, fue que mi padre había dicho que no estaba de acuerdo en pagar su parte de mi tratamiento porque le parecía un lujo. Un lujo. Según él yo debería haber recibido tratamiento en la seguridad social, no en una "clínica" privada. Qué ingenuo, no sabe que no es una clínica donde recibo el tratamiento, sino en una asociación. Y no lo sabe a pesar de que él me ha llevado a las terapias muchas veces. En fin.
Estoy dolida, y decepcionada, y triste. Me ha sentado muy mal que dijese eso, porque pone en evidencia su profunda ignorancia y su desinterés y despreocupación por mí. No le importa en absoluto mi bienestar. Prefiere ahorrarse el dinero.
Estoy triste. Porque a mi padre no me importo, porque a mi padre le doy igual. Pocas cosas podría haber dicho que me hiciesen daño, pero seguramente haya dicho lo que más daño podía hacerme. Porque decir que mi tratamiento es un lujo es decir que mi bienestar es un lujo. Es decir que no merezco un tratamiento de calidad, adecuado a mis necesidades, específico para mis trastornos. Es decir que que yo esté aquí hoy, viva y sana, es un lujo. Un lujo es algo que no es necesario, un capricho. Vivir no es un capricho, la salud no es un capricho, el bienestar no es un capricho. Son necesarios, aunque mi padre no lo vea así.