domingo, 28 de enero de 2018

XXVI. 1DeCada5

Viendo el programa Salvados, el episodio sobre la depresión, no podía dejar de pensar en mi madre, aunque a veces pensaba también pensaba en mí. He pensado en que, si las cosas hubiesen sido diferentes, yo podría haber visto ese programa, y haberme sentido identificada con Carmen, quien perdió a su madre por depresión. Sin embargo, afortunada de mí, veo este programa con mi madre escaleras abajo, con problemas, sí, pero con la posibilidad de solucionarlos.
En lugar de sentirme identificada con Carmen, lo he hecho con Noelia, Iván y Georgina. Me he sentido identificada con ellos porque yo también he tenido depresión.
"Es el estado más cercano a la muerte", ha dicho Noelia. "No había nadie dentro de mí", ha dicho Iván. Yo también me he sentido así, muerta en vida, y totalmente vacía. Carmen hizo referencia a un pozo, tal y como yo lo describí en este mismo blog tiempo atrás.
La depresión es una enfermedad con la que yo tuve contacto por primera vez mucho antes de que yo siquiera la hubiese escuchado mencionar, cuando mi abuelo la tuvo. Tiempo después, cuando conocía el término, pero no su correcto significado, mi madre se intentó quitar la vida, debido a la depresión que sufría. Y cuando ya la conocía, por mi madre, no supe reconocerla cuando la experimenté en mis propias carnes.
Yo siempre he descrito mi depresión como estar en el fondo de un abismo, el abismo más grande que te hayas podido imaginar. Recuerdo desconectar de mis emociones, después de mucha angustia, de mucha agonía. Recuerdo cómo mi depresión dió lugar al Trastorno de la Conducta Alimentaria que aún hoy padezco. Recuerdo como vivía fuera de mí, cómo ya nada tenía sentido, cómo ya nada importaba. Recuerdo no tener conciencia alguna de lo que me estaba ocurriendo, y por ello, carecer de medios con los que gestionar mi situación. Recuerdo llorar de pena, también llorar de desesperanza y desesperación, pero sobre todo llorar de miedo, de puro terror. Y mentir, recuerdo haber mentido mucho. Cada "¿cómo estás?" era respondido con una mentira, "bien". Y era todo pura inercia, por mi mente no pasaba la posibilidad de decir la verdad, esa opción ni existía. La primera vez que reconocí que TAL VEZ no estuviese bien fue a el que sería mi psiquiatra, en nuestro primer encuentro, en abril de 2013.
Antes de aquello nunca reconocí ante nadie que no estaba bien, que lo estaba pasando mal, que necesitaba ayuda. ¿Qué será lo que nos lleva a ocultar nuestro dolor? En mi caso, creo que fue porque no quería preocupar a nadie, ni llamar la atención. Pero ignorar el problema sólo hizo que se hiciera más y más grande, como un globo que se va hinchando, y cuyo único final es explorar. Y explotó, vaya que si explotó.
Recuerdo el fluir de mis pensamientos, del dolor al hambre, a un sueño inalcanzable... Y cómo esos pensamientos, daban lugar a horrendas y aterradoras sensaciones, de apatía y desarraigo, de pena y desesperación, de terror y ansiedad. También recuerdo cómo esas sensaciones tuvieron su consecuencia en forma de enfermizas conductas de restricción alimentaria y autolesión.
Es algo tan jodido pero la vez tan adictivo que hasta llegué a echarlo de menos. Después de haber conocido el bienestar, he preferido volver a ese abismo, pero claro, no era yo, era ese otro ser que empezó a habitar en mí cuando fui expulsaba de mí misma, ese parásito que se alimentó de mi profunda tristeza y mi devastador miedo para convertirse en algo tan potente que era capaz de hacerme llorar queriendo regresar a ese espantoso lugar del que tanto me había costado empezar a salir.
Tan complejas son las enfermedades mentales. Tan espeluznante es el modo en que una te arrastra hasta otra, y otra. Tan aterrador es su caminar silencioso, que te sigue allá donde vayas sin que puedas siquiera notar que te están siguiendo. Y tan terrorífico es ver como están ya sobre tí, como una pesada maleta que te acompaña a cada viaje, de la que tanto te cuenta luego deshacerte.

miércoles, 24 de enero de 2018

XXV. Propósitos de año nuevo.

Para este año pensaba no proponerme absolutamente nada. La mayoría de las personas se proponen cosas como dejar de fumar, ir más al gimnasio o perder peso, pero si mi único propósito va a ser perder peso dejando de comer, creo que no mejor es no proponerme nada.
Sin embargo me he dado cuenta de que hay otras cosas que me gustaría conseguir, como tomarme la medicación todos los días, superar mi miedo a que me dejen de querer, dejar de creer que soy prescindible... Y algo más, se me pasó por la cabeza que tal vez podría estar bien despedirme de las personas que me atan al pasado. Decir adiós a aquellos que ya no están en mi vida, porque nuestro momento ya pasó, y martirizarse por ello no va a hacer que vuelvan a mi vida.
Sin embargo, después de sopesar la opción, creo que hay personas a las que no quiero dejar atrás nunca, aunque duelan, porque fueron demasiado importantes para mí como para hacerlo. Hay personas que no quiero que se queden en mi pasado, sino que quiero que también formen parte de mi presente y si es posible, de mi futuro.
Les echo mucho de menos. Quizás ellos sean el motivo por el que me agarro a a enfermedad, para no dejar de tener algo en común con ellos, para no tener que decir adiós también al espacio que un día compartimos, que fue testigo de tantas risas, llantos, confesiones, miedos, consejos... Creo que haría cualquier cosa para tenerlos de nuevo a mi lado. Serie capaz de pagar cuando me pidiesen para recuperarlos.
No, definitivamente de ellos no me quiero despedir. Quiero que siempre formen parte de mí, porque les quiero, y son demasiado importantes como para dejar de intentarlo. De momento, no voy a dejar de intentar que vuelvan a mí. Aunque duelan, les querré.

lunes, 22 de enero de 2018

XXIV. Dudas.

Comienzo el año nuevo llena de dudas y sin saber por donde tirar, sin tener claros mis objetivos, mis metas... No sé quiero estar sana o si quiero perder peso. Obviamente quiero ambas cosas, pero no veo como conseguirlas de manera simultánea. No sé si pesarme o no. Quiero saber cuanto peso para marcarme una meta, para controlar lo que pierdo, pero sé que una de mis pautas, mi única pauta, es que no debo pesarme. No me quiero volver a enfermar pero sí que quiero ser delgada. Otra decisión que debo tomar es con qué terapeuta me quedo, ya que ambas me aportan cosas diferentes.
Quiero salir pero no tengo con quien hacerlo ya que todos parecen estar ocupados. Tampoco insisto mucho para no ser pesada, pero si de mí dependiera estaría todo el día preguntando a todos si les apetece salir por ahí a dar una vuelta conmigo.
La cabeza me da mil vueltas. La decisión más importante que debo tomar es si sigo empeñada en perder peso o si abandono en mi lucha contra mi misma y empiezo a aceptarme y quererme tal y como soy. Estoy francamente decepcionada conmigo misma por lo que estoy haciendo. No quiero que nadie lo sepa porque temo decepcionarles a ellos también, sobretodo a mi madre. Me preocupa acabar mal, perder el control, que esto me afecte a un nivel que ya no sea capaz de controlar. No quiero pedir ayuda porque sé que si lo hago no podré perder el peso que quiero perder.
Soy una contradicción en mí misma. Quiero estar sana pero también quiero perder peso a base de no comer, porque es el único método con el que he obtenido resultados. Sé que esto que estoy haciendo no está bien, y tengo una ligera idea de a dónde me puede llevar, pero no quiero parar hasta lograr mi objetivo, un objetivo poco realista y nada definido al que no sé si seré capaz de llegar.
Este año no tengo ninguna meta ni objetivo que me haya marcado cumplir, salvo el de perder peso. Después de casi cinco años yendo a terapia empezar un año y que tu único objetivo sea perder peso no creo que sea una buena señal. De momento no tengo mareos ni estoy pasando hambre. No se me cae el pelo ni estoy cansada, de hecho tengo muchas ganas de hacer cosas. Quiero ver a gente, quiero salir, pasear, charlar, reírme, pasarlo bien... Tengo ganas de arreglarme, de verme guapa, de sentirme bien conmigo misma. Quiero sentir que no estoy desperdiciando mi vida tirada el día entero en la cama con el móvil, en la misma cuenta de Twitter que creé estando en la enfermedad y en única en la que me siento libre. Sin embargo todo eso que no quiero hacer es exactamente lo que estoy haciendo, consumirme lentamente metida en la cama, mirando redes sociales como si nada más importase.
Tengo ganas de abrir mis círculos, de conocer gente nueva, de estar en nuevos ambientes y vivir nuevas experiencias. Lo he estado intentando, he estado enviando mensajes, preguntando a gente si le apetece salir por ahí conmigo, pero lo único que he recibido han sido negativas. Todos tenían ya cosas que hacer, menos una, que estaba demasiado cansada como para salir por ahí conmigo. Lo que yo daría porque me invitasen a salir por ahí, por tener planes, por sentirme plena.
Últimamente me siento plana, como si nada interesante estuviese pasando en mi vida. Como si los días fuesen todos iguales, porque así están siendo, todos iguales. Estudiar por la mañana (o hacer como que estudio por la mañana) y estar en la cama por la tarde. Cada día igual, todos los días lo mismo.
En ciento modo no es una sensación desagradable, pero el hecho de que no sea agradable hace que se vuelva más desagradable. ¿Eso tiene sentido? No me encuentro mal, exactamente, creo que mi muy dilatado umbral de malestar hace que simplemente me encuentre algo desanimada.
A veces creo que simplemente me he aburrido de la vida, ya no está la euforia que sentía al verles cada quince días, ya no hay euforia en absoluto, ni una apatía total, y eso me aburre.