sábado, 4 de agosto de 2018

XXXV. Un buen día.

Ayer fue un un buen día, menos mal, lo necesitaba. Fuimos al cine, T y yo, y estuvimos en el centro comercial dando un paseo, charlando, era justo lo que necesitaba. Una buena conversación. Alguien que me entienda, que no me juzgue, que me escuche. Fue fantástico. Ojalá repetirlo pronto. Pero claro, con mi inseguridad y mi miedo a molestar igual no me atrevo a proponerselo. En ningún momento me sentí mal, ni insegura, ni que fuese un estorbo, estaba super cómoda. Hablamos de muchísimas cosas, con una conversación super fluida, tranquila, y amena. Ojalá repetirlo pronto. Era exactamente lo que necesitaba. Días así son el antídoto perfecto para la enfermedad. Los necesito más a menudo, no sólo porque me ayuden a mantener a raya los pensamientos destructivos, sino también porque lo disfruto muchísimo. Es una maravilla estar tranquila, no sentirte mal, alejar el malestar de ti, llevarlo hasta un recóndito lugar del que no pueda salir. Es una maravilla... Ella se parece mucho a mí, y eso me proporciona esperanza. No estoy sola, y eso me gusta. La soledad es una de esas sensaciones que te destruyen, la sensación de estar acompañada te hace más fuerte. Cuando él me abandonó me quedé sola, débil y frágil. Desamparada. Pero ahora me encuentro mejor, me siento bien. Me gusta sentirme bien. Creía que prefería estar mal, pero no, eso es lo que la enfermedad me hace creer, pero en absoluto, prefiero sentirme bien. Es más agradable, no hay comparación. Ahora quiero mantenerme así, positiva y contenta. Alegre. Me gusta, espero que dure.

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