He descubierto que no es pereza lo que siento cuando pienso en ir a clase, o en hacer las prácticas, es aprensión. Y a pesar de que aparentemente pereza y aprensión no se parecen en nada yo he estado pesando que estaba eludiendo mis responsabilidades académicas por pereza. Pero la pereza no te hace sufrir, y yo estoy sufriendo.
Recuerdo la cantidad de prácticas atrasadas que tengo y me angustio, siento miedo. Miedo de no poder hacerlas, de suspender. Me siento incapaz de enfrentarme a las emociones que experimento cuando intento adelantar trabajo. Es muy, muy doloroso. Siento apatía, ansiedad, agobio, nervios... aprensión. Estoy sufriendo por algo que no debería hacerme sufrir. Algo tan simple y banal como asistir a clase, hacer trabajos y estudiar. Algo a lo que debería estar acostumbrada, porque llevo haciéndolo toda mi vida. Sin embargo ahora tiemblo cada vez que recuerdo la enorme cantidad de trabajo que tengo atrasado.
La pereza es fácil de superar, solo algo fuerza de voluntad es necesaria para hacer lo que sea que te esté dando pereza hacer. Poner el lavavajillas me da pereza, pero lo hago, y no es difícil hacerlo, simplemente te levantas del sofá y en cinco minutos lo tienes hecho.
No se parece lo que siento cuando pienso en poner el lavavajillas a lo que siento cuando pienso en empezar con las prácticas que llevo atrasadas.
Me siento incapaz de pasar por el mal trago que supone para mí realizar mis responsabilidades académicas, y eso me hace sentir inútil, y débil. Todos en mi clase parecen cómodos con la idea de trabajar en las prácticas, es algo que hay que hacer y se hace, pero cuando yo me siento como si lo que me están pidiendo que haga fuese saltar de un extremo al otro de una zanja de diez metros de distancia. Una tarea imposible. Es casi titánico el esfuerzo que tengo que hacer cada día cuando tengo que empezar a prepararme para ir a clase.
En apariencia, o eso es lo que yo esperaba, la universidad debe ser una experiencia enriquecedora, en la que aprendes cosas nuevas, haces nuevos amigos, superas nuevos retos, aunque tengas que estudiar y eso no sea lo más agradable del mundo para nadie. Yo esperaba una experiencia positiva, y me he encontrado con una tortura, una nueva forma de morir en vida.
No ser capaz de disfrutar de algo tan normal como la universidad hace que sienta que soy una fracasada, no soy lo suficientemente buena para vivir, en el sentido de que la vida es dura, y yo soy demasiado débil para vivirla.
No tengo ni la menor idea de cómo voy a superar este curso. La responsabilidad de aprobar es aún mayor ahora que me han dado una sustanciosa beca, y eso me está destrozando, el no ser capaz de hacer lo que tengo que hacer.
Me gustaría ser más normal, o por lo menos, tener problemas más normales. Solo a mí me podría pasar el tener aprensión hacia la universidad estando ya en ella.
Dificultades más de a pie, más de andar por casa, no tener que lidiar con lo que supone no ser capaz de hacer algo tan simple como hacer deberes e ir a clase y prestar atención. No hago más que esconderme y huir, porque no puedo soportar lo mal que me siento cuando intento avanzar en alguna práctica. Es insoportable.
Estoy muy triste, muy decepcionada conmigo misma, muy desilusionada y desesperanzada. Es un querer y no poder, la historia de mi vida repitiéndose una y otra vez. Me veo ahora, después de cinco años de terapia, y siento que no ha aprendido nada. Que sigo teniendo los mismos miedos, las mismas dificultades. Hace años, a Dani, el primer psicólogo con el que estuve por lo del TCA, le dije que me sentía como una cucaracha en un vaso de cubata, intentando salir subiendo por las paredes de cristal sin parar, y resbalando hasta el fondo una y otra vez. Hoy me siento de la misma manera. En realidad no soy tan diferente de aquella niña rota y enferma, que luchaba sin obtener recompensa, por volver a la vida.
domingo, 8 de abril de 2018
XXXII. Aprensión.
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