Hace poco, mientras caminaba por el campus universitario de camino a coger el autobús, me dí cuenta de que unos pantalones se me habían quedado un pelín sueltos, es decir, me dí cuenta de que había perdido peso. Enseguida supe identificar el motivo: me salto comidas. Instantáneamente tomé una decisión; iba a empezar a restringir más, para seguir perdiendo peso.
Durante los días siguientes estuve más pendiente de mi aspecto físico, saltándose comidas de manera intencionada, pensando en pensarme, pensando en ser delgada. Estuve mintiendo a mis familiares cuando me preguntaban si había comido, mirándome más detenidamente al espejo, pensando en calorías.
Durante esa primera semana de restringirme miraba más a los demás, y me fijaba en si eran más o menos delgados que yo. Me estuve comparando mucho, deseando tener un cuerpo que una vez tuve, pero que no pude ver ni disfrutar.
Poco después empecé a pensar en trastornos alimenticios, buscaba testimonios en YouTube, programas de televisión, documentales, películas, libros... Empecé a pensar demasiado en el tema.
En mí interior había una lucha, la misma lucha de siempre, salud VS delgadez. Pensaba en todas aquellas personas a las que conozco que tienen trastornos alimenticios y en cómo yo había intentado ayudarles, y en que ahora yo actuaba del modo en que una vez les pedí que abandonaran. ¿Con qué cara podía yo hablar de nuevo con ellos y decirles que la delgadez no lo es todo en la vida, que la salud es más importante? Me sentía culpable y avergonzada. Me sentía una hipócrita.
Hoy me he decidido a hablar, he decidido contarlo en mi cuenta de desahogo, y eso me ha ayudado a ver las cosas de manera diferente. Había estado debatiéndome entre hablarle sobre esto a mi terapeuta o callarme y seguir perdiendo peso. Hoy he decidido contarle a mi psicóloga lo que me ha ocurrido. He decidido comer cuando debo hacerlo, no sin recelos. He decidido hacer lo correcto.
Durante estos días de síntomas restrictivos he visto como mi mente se iba por donde no debía, y eso no me ha gustado. He visto como unos días de comer menos han sembrado en mí la semilla de la obsesión, y no voy a permitir que germine.
El hecho de haber vivido esta enfermedad te hace creer que puedes controlarla, pero no es así. Nada impide que surgan en ti de nuevo esos pensamientos autodestructivos que tanto te costó eliminar.
Durante los días siguientes estuve más pendiente de mi aspecto físico, saltándose comidas de manera intencionada, pensando en pensarme, pensando en ser delgada. Estuve mintiendo a mis familiares cuando me preguntaban si había comido, mirándome más detenidamente al espejo, pensando en calorías.
Durante esa primera semana de restringirme miraba más a los demás, y me fijaba en si eran más o menos delgados que yo. Me estuve comparando mucho, deseando tener un cuerpo que una vez tuve, pero que no pude ver ni disfrutar.
Poco después empecé a pensar en trastornos alimenticios, buscaba testimonios en YouTube, programas de televisión, documentales, películas, libros... Empecé a pensar demasiado en el tema.
En mí interior había una lucha, la misma lucha de siempre, salud VS delgadez. Pensaba en todas aquellas personas a las que conozco que tienen trastornos alimenticios y en cómo yo había intentado ayudarles, y en que ahora yo actuaba del modo en que una vez les pedí que abandonaran. ¿Con qué cara podía yo hablar de nuevo con ellos y decirles que la delgadez no lo es todo en la vida, que la salud es más importante? Me sentía culpable y avergonzada. Me sentía una hipócrita.
Hoy me he decidido a hablar, he decidido contarlo en mi cuenta de desahogo, y eso me ha ayudado a ver las cosas de manera diferente. Había estado debatiéndome entre hablarle sobre esto a mi terapeuta o callarme y seguir perdiendo peso. Hoy he decidido contarle a mi psicóloga lo que me ha ocurrido. He decidido comer cuando debo hacerlo, no sin recelos. He decidido hacer lo correcto.
Durante estos días de síntomas restrictivos he visto como mi mente se iba por donde no debía, y eso no me ha gustado. He visto como unos días de comer menos han sembrado en mí la semilla de la obsesión, y no voy a permitir que germine.
El hecho de haber vivido esta enfermedad te hace creer que puedes controlarla, pero no es así. Nada impide que surgan en ti de nuevo esos pensamientos autodestructivos que tanto te costó eliminar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario